La información no mata, las radiaciones sí

Fuente del artículo:Nació Digital

"No se trata si muere mucha gente de forma inmediata debido a la radiación, sino que cualquier dosis, por pequeña que sea- y debido a que es acumulativa y puede alterar de forma inmediata nuestras células- puede ser mortal con el tiempo"

Credits: Japan Apocalypse by Abode of Chaos on Flickr.com

El decreto de urgencia 297/2011 de la Comisión Europea, que entró en vigor el 27 de marzo pasado -calcado a la respuesta de emergencia radiológica europea generada en 1986 después de Chernóbil-, aumenta los niveles límite de radiactividad en la alimentación por encima de los que el propio Gobierno japonés ha admitido. Para entendernos: si en Japón el valor límite de radiactividad para los hongos es de 500 Bq / kg (bequerelios por kilo) en Europa el límite se dobla hasta llegar a los 1.250 Bq / kg.

Es como si los europeos le estuviéramos diciendo al mundo que somos más chulos que nadie -o más idiotas- al permitir que lo que no se permite vender en Japón nos lo podemos zampar aquí. En el caso de las setas -que ya circulan libremente y sin ningún control desde Ucrania-, o de cualquiera de los otros alimentos provenientes de las tierras afectadas por el accidente de Chernóbil, hay que tener muy en cuenta la advertencia que ha hecho Greenpeace en cuanto a que el Gobierno ucraniano ha decidido dejar de hacer análisis radiactivas en la zona tocada, todavía, por el accidente nuclear del 26 de abril de 1986. Greenpeace, que hace análisis independientes en diversas poblaciones, ha encontrado niveles de Cesio137 por encima de los que son aceptables en Ucrania en bayas, setas y leche.

Las inquietantes dosis de radiación que está recibiendo la población próxima a la central nuclear de Fukushima- que pronto obligará al Gobierno nipón a aumentar el radio de exclusión-, o las ingentes cantidades de agua radiactiva vertida en los suelos y el océano Pacífico -dosis por ahora ínfimas en nuestras tierras-, ponen el dedo en la llaga nuclear. El doctor Eduard Rodríguez Farré, en la jornada celebrada el pasado miércoles en el Colegio de Abogados de Barcelona, ​​lo dijo bien claro: no se trata si muere mucha gente de forma inmediata debido a la radiación, sino que cualquier dosis, por pequeña que sea -y debido a que es acumulativa y puede alterar de forma inmediata nuestras células- puede ser mortal con el tiempo, con lo que lo realmente importante es el estudio de la incidencia en el aumento de cánceres entre la población, especialmente entre los niños. "La severidad de la respuesta del organismo humano es más importante que la dosis recibida", dice el doctor Rodríguez Farré, del mismo modo que la dosis total absorbida es más importante que el periodo de tiempo con que ha sido recibida.

En el caso catalán, con tres centrales nucleares -que acumulan incidencias como quien colecciona cromos gore-, impuestas por el complejo militar-industrial de la dictadura, con el posterior beneplácito de la democracia transfranquista, nos encontramos con que, prácticamente, no sabemos nada los niveles de radiación que circulan por nuestros aires y nuestras aguas. Hay estudios (casi tan herméticos como el Santo Grial) que demuestran que en el agua del Ebro contiene tritio, que es altamente peligroso para la salud humana. Sin embargo, nadie informa y las autoridades encargadas de hacerlo no saben / no contestan. Evidentemente, sería un descalabro económico considerable saber que, por ejemplo, el arroz del Delta (también el ecológico que se cultiva), o los mejillones, contienen tritio proveniente de las centrales nucleares de Ascó.

El derecho a la información ambiental, reconocido en España, tiene en la letra pequeña una serie de excepciones que hacen casi imposible que los ciudadanos podamos saber de qué mal hemos de morir. El Gobierno autonómico catalán tiene, por ejemplo, la gestión encomendada de medir la radiactividad en varios puntos de nuestro territorio, pero no quiere hacer públicos los datos con la excusa de que esto depende del Consejo de Seguridad Nuclear. Pero habría que darse cuenta de que la información no mata, matan -de golpe o poco a poco- las radiaciones que nos permitimos el lujo de permitir. Un pueblo informado puede exigir, un pueblo ignorante -por fuerza- queda sometido a la invisibilidad. Como la invisible radiactividad.

Comparteix